Hay veces que siento la necesidad de escapar donde sea sin pararme mucho a pensar donde acabaré, y hay veces que necesito escapar pero sé perfectamente hacia donde me llevarán mis pasos irremediablemente. Este fin de semana fue el momento para una nueva escapada, con destino ya marcado en los astros como los que acompañaban a los vikingos en sus travesías.
Hace dos años conocí casi por azar la que hasta ahora está siendo mi ciudad refugio por varias y variadas razones: porque conozco gente allí y sé que estaré bien acompañada si lo necesito y porque nadie de allí me conoce en caso de necesitar estar sola, porque llegan vuelos baratos hasta la misma ciudad y al menos no me gasto gran cosa como me supondría ir a cualquier otra capital europea, porque la conocí en un momento bajo de mi vida y me alegró de repente todo lo que allí me sucedió en apenas 48 horas y eso me dejó huella, porque siempre quise vivir en ella y nunca me he decidido del todo y las circunstancias tampoco han acompañado demasiado a ello, y quizá lo más importante, porque cada vez que llego, mis sentidos se despiertan, recelosos de haberlos tenido hibernando tanto tiempo, sin que acierten a entender el por qué, ni yo tampoco.
No soy muy sensitiva que digamos, me caracteriza una sordera incipiente y heredada (aunque también mi mp3 tiene gran culpa de ello), un nulo olfato (a veces eso es bueno y muchas, la verdad, malo, como el carecer de instinto), una miopía creciente sin remedio y sin ganas de ponerme las gafas, olvidadas en mi bolso desde hace un par de años nada más que para ver los subtítulos de algunas pelis, un paladar con mucha gula y sin apenas papilas gustativas para la alta cocina y el gusto gourmet, y unas manos torpes, poco delicadas y un cuerpo poco.. digamos, poco..físico con una piel quizá demasiado sensiblona.
Pero esta ciudad me huele, me huele a comida rápida en las mismas calles cada año que pasa y a las mismas horas, a tierra mojada casi permanentemente, a especias exóticas de mercado callejero de sábado madrugador, a sal marina a escasos kilómetros en cualquier dirección que elijas con los ojos cerrados, a flores aunque sólo en primavera, a café aguado pero infinito en cualquier coffee shop, a aceras alcoholizadas y resacosas un domingo por la mañana, a césped constantemente cortado y mimado.
Y también me despierta cierto apetito por las wedges con vinagre de malta, y me sabe también a una y mil densas Guinness acompañando una y mil ligeras confesiones, a fish and chips en papel de periódico en cualquier esquina, a restaurantes de todas las nacionalidades, a muffins de todos los sabores y colores, a licores africanos, a hamburguesas gratis a las 4 de la mañana, a fruta a precio de oro, a un chocolate blanco con avellanas calentito y reconfortante tras una tarde fría.
Por supuesto, sus calles resuenan sin parar, a músicos celtas callejeros, a conversaciones internacionales, a ganadores de Oscars solitarios, a silencio en las tranquilas calles alejadas del centro, a la banda sonora lluviosa de casi cada día, a tiendas de discos de segunda mano escondidas tras algún puente, a carcajadas abiertas, sinceras y sonoras, a The Chieftains, a gritos de júbilo o cabreo antes, durante y después de los partidos de fútbol.
Siento la lluvia inagotable caer sobre mi pelo lacio, y las gotas agolparse en los bajos desgastados de mis vaqueros rendidos de intentar secarse una y otra vez, y siento mis calcetines húmedos y llenos de hierba fresca sin saber bien cómo ha llegado hasta allí, y siento que por una vez no me importa empaparme; y toco la corteza de los árboles y la escarcha de las plantas como queriendo consolarles del frío, y noto el aire gélido cortar la circulación de mi rostro a modo de lifting natural, experimento el renacer de mis piernas y el volver a la vida útil de mis articulaciones tras los inacabables paseos en busca de recovecos medievales, tréboles de cuatro hojas y leprechauns.
Y disfruto viendo sus gentes sin prisa alguna deambular por sus calles, sus parques interminables e indecentemente perfectos, sus innumerables iglesias de sucias fachadas pero acogedoras estancias, sus cielos grises cargados y sorpresivos por momentos, el tráfico continuo de personas, taxis, coches y autobuses panorámicos y suicidas;
y disfruto aún más contemplando el forro enmoquetado y tapizado a medida de toda la isla, en toda la gama de verdes posibles más allá de los Pantones, como en un patchwork de Vivienne Westwood,a medida que la veo a distancia.
Y me maravillo ante el paisaje que dejo atrás en una furtiva y última mirada desde el avión, en la obligada pero jamás definitiva despedida.
Y mi sexto sentido me dice que volveré, y que me queda mucho allí por ver, oír, tocar, saborear y oler, tanto por apreciar.. que me digo por cuarta vez: ¡éste es sólo el comienzo!
CRONAIM THU!
foto propia: muro pintado en alguna calle de Dublín
Vaya tienes un punto de retorno y recarga de energías positivas =) por allí estuvo mi hermano pequeño este año, en fin de año, y me trajo algunos recuedos, camiseta del temple bar y algo más. Me decia que allá las casas tenían colores muy diversos, decían que era para que los hombres al volver a casa desde el pub, no cinfundieran la puerta de su hogar. A ver cuando lo pudiera visitar, desde luego que es un lugar siempre evocado como mágico y legendario.
ResponderEliminarpues no me extrañaria en absoluto, tienen un problemilla con el alcohol.pero llega un "punto" que ni los colores más llamativos,vaya!y si no recuerdas el color de la puerta de tu casa?
ResponderEliminarvamonos pa alla!!!!!!!!!!
ResponderEliminaryo en el cole, en una funcion, hice de leprechauns!
besotes guapa